¿Por qué tenemos que repetir las cosas a los hijos tantas veces?

Esta es una pregunta recurrente en el día a día de las escuelas de familias y charlas. He aquí algunas ideas que os pueden ayudar.

PRIMERO: educar es repetir. Hay un porcentaje de repeticiones diarias de los progenitores y educadores que van con el «pack» de ser padres y madres, de convertir hábitos en rutinas. Me refiero a aquellas repeticiones qué son como un «mantra» pero que no provocan conflicto ni enfrentamiento: lávate las manos, lávate los dientes, recoged la mesa… Estos «mantras» llega un momento que ya no hay que repetirlos bien, porque nuestro hijo los ha convertido en una rutina y lo hace automáticamente, bien porque ya no viven en casa con nosotros (no conozco ningún caso de padres que telefoneen por la noche a los hijos emancipados para preguntar si se han lavado los dientes…).

SEGUNDA: ¿por qué hay que repartir las cosas tantas veces a nuestros hijos? ¿Cuál es la casuística que vivo en casa? Porque solo desde el PORQUE, podremos vehicular y elegir una solución viable. Las posibles respuestas a la pregunta son múltiples y variadas:

  1. Porque para ellos lo que les pedimos no es prioritario.
  2. Porque les hace pereza.
  3. Porque no les gusta lo que tienen que hacer.
  4. Porque solo quieren jugar.
  5. Porque quieren hacerse los despistados…
  6. Porque están cansados.
  7. Porque entramos en un círculo vicioso donde están acostumbrados a que les decimos las cosas nueve veces y hasta la décima no hay grito.
  8. Porque saben que se los acabamos haciendo nosotros.
  9. Porque creen qué lo hacemos para tocarles las narices.
  10. Porque se rebelan contra la autoridad que siempre les manda.
  11. Porque no les toca hacer lo que les pedimos por edad.

Para cada caso podemos diferir de la respuesta que damos, desde la intervención directa… Hasta la no-intervención.

  • Por ejemplo, en el caso de los seis primeros puntos, nosotros podemos decidir hasta qué punto tenemos que establecer consecuencias para que se activen y hagan aquello que creemos que hay que hacer o no. El argumento es muy claro: nosotros tenemos que ayudar a nuestros hijos a vivir en un mundo donde las cosas no siempre son cómo queremos, en la vida no hay castigos ni consecuencias y, hay muchas cosas en la vida que se tienen que hacer porque sí, te gusten o no, te hagan pereza o no, estés cansado o no.

Ciertamente, en función del cansancio, de la edad, de la situación y el contexto, podremos ser más o menos tolerantes, dejar un margen de tiempo, usar el previo aviso (de aquí a 10 minutos tendremos que dejar el juego… dentro de unos minutos tendremos que poner la mesa… te dejo 10 minutitos para que vayas acabando la partida… recuerda que de aquí a 15 minutos nos tenemos que vestir para ir a la escuela…), especialmente cuando el motivo por el cual tenemos que repetir una tarea que hay que hacer es porque ellos están haciendo algo qué es prioritario o que se los gusta mucho. O establecer una consecuencia…

  • Cuando hablamos de los casos donde la repetición a menudo acaba en grito convertida en un círculo vicioso, es importante que nosotros tomemos conciencia que no hace falta ni repetir ni chillar más del necesario. Una de las tácticas mejores que tenemos es establecer consecuencias del tipo: “Yo solo digo las cosas tres veces”… «Cuando empiezas a jugar te olvidas de tus responsabilidades y después te tengo que perseguir, a partir de ahora, primer pones la mesa y después te pones a jugar a la Play»… «Veo que nos cuesta mucho recoger los juguetes, probaremos de tener tres al alcance y el resto los guardamos, cuando quieras otro juguete devolvemos uno al armario y sacamos otro»… «Tienes cinco minutos para acabar la partida y de aquí a cinco minutos guardaremos la Play»…

Y lo más importante, aquello que digo es aquello que hago.

  • Un caso parecido sería cuando nuestros hijos se hacen los despistados bien porque saben que lo que les pedimos lo acabaremos haciendo nosotros o que, finalmente, se van a librar de tener que hacer lo que les pedimos. Sencillamente tenemos que ser coherentes y consecuentes.
  • Cuando nos encontramos en casos como el punto 9 y 10, estaría bien que los padres y madres hicieran un ejercicio de análisis para ver si la realidad se ajusta o no a la creencia que tienen nuestros hijos: ¿Puede ser que dé muchas órdenes durante el día? ¿Puede ser que la comunicación que establecemos con nuestros hijos se base mayoritariamente en ordenar, mandar, dirigir, juzgar, aleccionar? ¿Puede ser que nos olvidemos de tener cura del vínculo? ¿Que ellos se piensen que no los miramos con buenos ojos? ¿Por qué nuestros hijos pueden pensar que les queremos aguar la fiesta? ¿Puede ser que seamos demasiado exigentes?
  • En el último punto de la lista, quizás hay que poner los pies en el suelo y darnos cuenta sí quizás estamos pidiendo más del que toca. Les estamos pidiendo un nivel de renuncia, de compromiso o de responsabilidad que quizás no les corresponde. Quizás estamos pidiendo que realice una tarea autónomamente sin haber enseñado antes como realizarla. O quizás estamos pidiendo que hagan una tarea autónomamente cuando todavía necesitan acompañamiento para hacer la…

Así pues, observad porque en vuestra casa hay que repetir las cosas tantas veces y decidid la mejor estrategia. ¡Podemos escoger no parecer loros!